miércoles, 18 de diciembre de 2013

La imaginería, de la madera a la obra de arte como patrimonio de fe



Universogaditano.es/ Jesús Montaño

Nuevo reportaje del serial que viene ofreciendo Universo Gaditano sobre el mundo de la Imaginería. En esta nueva entrega, última del año, vamos a centrarnos en la función evangelizadora de las imágenes. A lo largo de los últimos meses hemos venido recorriendo la vida y obra de imagineros que han contribuido con sus obras a engrandecer la fe y devoción de la religiosidad popular. Hoy nos centraremos en la evolución y características del arte de la imaginería en nuestro País. 

Antes que nada, habrá que tener presente que la imaginería es una especialidad del arte de la escultura, dedicada a la representación plástica de temas religiosos, por lo común realista y con finalidad devocional, litúrgica, procesional o catequética. Los imagineros han tenido la oportunidad de hacer de la imaginería religiosa un arte verdaderamente mayor, alcanzando altísimas cotas de belleza formal y de unción religiosa, contribuyendo de forma destacada a engrandecer y llenar de belleza la Semana Santa. Se vincula a la religión católica debido al carácter icónico de la misma, por lo que la encontramos especialmente en países de cultura católica: España, Italia, Portugal, Iberoamérica y en menor medida Francia, Canadá, Países Bajos y Austria. Así como también en Filipinas. La imaginería española sigue  una  evolución  al margen  de  la europea. La nuestra sigue una evolución particular. El signo que caracteriza a la imaginería española es el realismo. Se diferencia de la europea por los materiales y por la técnica. En España la imaginería barroca es casi toda en madera policromada. Esta singularidad, casi única en Europa, hace que durante el siglo XIX fuese despreciada nuestra escultura por alejarse del ideal clásico, que se creía sin policromar. La policromía llega a cambiar mucho el acabado final. El color le da ese realismo que quiere la gente, no figuras blancas en mármol sino figuras con el color natural de la piel y de los tejidos. La imaginería, es entendida como una cualidad artística al servicio de la fe y de la evangelización. El objetivo final de su trabajo artístico, no es otro que suscitar la interioridad, la compunción del corazón y, en último término, la conversión.

En realidad, los bienes culturales de la Iglesia nacen para evangelizar. Así ha sido a lo largo de los siglos. Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha necesitado de los artistas para el anuncio del Evangelio. Hoy en día los sigue necesitando y es necesario que superen la ruptura producida entre Iglesia y artistas, a raíz de la Ilustración. Son los propios imagineros los que entienden que el patrimonio cultural de la Iglesia debe ser también un verdadero camino de evangelización.  La representación plástica de los misterios religiosos acompaña al Cristianismo desde el arte románico y gótico (S. XII - XV) donde comienza la evolución de la escultura en madera o imaginería, con fin catequético. Hasta el Renacimiento tienen mucha importancia los maestros flamencos y franceses. Sin embargo a partir del Concilio de Trento (1545 - 1563) la Iglesia Católica, en respuesta a la reforma luterana, decide potenciar las artes plásticas como medio de alcanzar la atención de los fieles, desarrollándose extraordinariamente la imaginería durante el periodo barroco en el área mediterránea, Península Ibérica y países de América. Será España donde más espectacularmente se desarrolle este tipo de escultura, desde donde se extenderá a toda América Central y del Sur. Será fundamentalmente el Renacimiento y el Barroco, la etapa artística más floreciente para la imaginería religiosa y con ella el florecimiento de las llamadas “escuelas”, tales como la Escuela Castellana, (destaca Valladolid), Escuela Andaluza, (sobresalen Sevilla, Córdoba, Granada y Málaga), Escuela Murciana y la Escuela Canaria.

La Escuela Andaluza

Con el comercio de América, los puertos del sur, y en especial Sevilla, transforman a Andalucía en la zona más rica de esta época. Por otro lado, Granada se convirtió en la gran ciudad del Renacimiento andaluz. Sevilla y Granada serán, pues, los polos de atracción del arte andaluz en el siglo XVII. En nuestra comunidad, la Escuela Andaluza se caracteriza por la suavidad en el modelado y por el uso de ropas y vestimentas para ornar las imágenes. Es menos frecuente el barro cocido, la escayola y aún en menor medida la pasta de papel. Existen incluso talleres que fabrican imágenes de serie. Son los retablos para las iglesias y los pasos procesionales de Semana Santa los que van adquiriendo una mayor importancia con el paso de los años y la evolución de la imaginería. La técnica más habitual es la talla en madera policromada, buscando así el realismo más convincente, a veces mediante vestidos y ropajes auténticos, cabellos postizos, etc. Generalmente, se suele ofrecer en la obra los aspectos más reales de la escultura, cuya finalidad primordial es la devocional, procesional y litúrgica.

Sin duda la escultura religiosa, ha hecho que la Semana Santa de Andalucía sea un exponente máximo de este arte, al que se le une la devoción y la profesión. Los escultores de mayor abolengo llegaron a nuestra Andalucía en diferentes etapas artísticas haciendo de la misma, la cuna de la imaginería. En un momento marcado fuertemente por la Contrarreforma, las imágenes religiosas buscan resaltar su valor pedagógico y moral y son concebidas como instrumento de acercamiento del mensaje doctrinal a los fieles, y para asegurarse el triunfo, exigieron a los  imagineros un lenguaje claro, sencillo, fácilmente comprensible, además de realista. De ahí la importancia de hacerlas comprensibles, verosímiles y capaces de emocionar o conmover. De las manos de escultores imagineros, somos testigos de excepción, cómo entre gubias y muriles, de la madera nace una obra de arte. La iglesia, en su objetivo de llegar a los fieles, ha utilizado a las imágenes como método. Por  eso  se  buscan imágenes sugestivas, propone al fiel que se imagine la imagen real, lo que hay detrás del símbolo. Así por la imagen se penetra en el pueblo, se llega al fiel de una forma más rápida y didáctica.


La belleza del arte religioso, brinda oportunidad para hablar a la inteligencia y a la sensibilidad de las personas, sean o no creyentes. La belleza, nacida del manantial límpido y fecundo de la fe, tiene también hoy un valor evangelizador incontestable. Todo ello no es una casualidad. Nadie da lo que no tiene. En la historia del arte español hay obras excepcionales de temática religiosa capaces de conmover y suscitar sentimientos, ya que remiten a otra belleza, verdad y bondad que sólo en el creador tienen su perfección y su fuente últimas. Desde la contemplación de la belleza visible, será posible encontrar el camino hacia belleza invisible, aquella que solo es posible percibirla desde un prisma devocional y de fe.