Ya huele a incienso, las calles
cada vez tienen más ganas de acabar llenas de pétalos, los costaleros están
deseando de poder llevar en sus hombros a su segunda madre, y los cofrades
cuentan los días para poder disfrutar del esperado sol protagonista de un
perfecto Domingo de Ramos.
Ya llegó el tan esperado
Miércoles de Ceniza, ya empezó la Cuaresma y la cuenta atrás para la semana
grande.
Y es que ya tenemos ganas de
pasar frío en la madrugá, y pasar calor en la salida de cualquier hermandad;
ganas de que el tiempo acompañe y haga todavía más bonito el tan esperado mes
de Abril.
Escuchar los tambores y ver la
Cruz de Guía entrando por Carrera Oficial, sentir el racheo de los costaleros y
poder percibir el sentimiento de los devotos al paso de la hermandad por la
Catedral.
Poder sentir cada levantá como si
formases parte de cada trabajadera, es algo tan especial que no se puede
describir y mucho menos plasmar en tan pocas líneas.
No para todos se hace tan eterna
la espera, mientras que para algunos es una semana cualquiera, para otros es la
semana más especial que forma parte de los 365 días del año.
Sentimientos que están a flor de
piel, sentimientos que podemos percibir en cada costalero, en cada capataz y en
cada nazareno que se encuentra en los tramos que forman el cortejo de cada
cofradía, personas que se desviven para que su hermandad se luzca otro año más
por las calles de su ciudad.
Pero es que la Semana Santa no
sólo dura siete días, la Semana Santa se vive y está presente en cada uno de
nuestros días, porque no se trata de describirla como una semana especial, sino
como un sentimiento que se lleva todo el año a cuestas, y a mi pesar, es algo
que no todos podemos compartir ni vivir de igual manera.




